No me ignores corazón.
No te atrevas a olvidarme.
Soy la incómoda razón,
y ya no quiero salvarte.
Al pasar el tiempo, igual que el agua hirviendo se enfría, nuestros recuerdos se matizan, y clasificamos los sentimientos vividos, los buenos y los malos, sin hacer justicia a la intensidad que alcanzaron. Después, algunas veces, con mucha suerte, recuperamos en fugaces instantes la sensación original de aquello que hemos vivido, y volvemos brevemente a esas experiencias por las que mereció la pena dejar parte de nosotros mismos por el camino.