Han reaccionado, padre, se han despertado,
han tomado calles y plazas, y han acampado.
Se han vestido de principios, de sueños,
y sin armas, y sin miedo, y sin dueños,
le han dado voz al ciudadano.
Sufren de fiebre buena que se contagia,
que emociona sin entender de fronteras
porque les mueve la fe verdadera
en cambiar el mundo sin trucos de magia,
luciendo la mediocridad política por montera.
Y no tienen miedo.
Y no se mueven.
Y sí que pueden, padre,
acampar en sus propias calles.
Porque son suyas, son nuestras.
Tú, y otros como tú, te las ganaste.
Y ya está bien de buscar culpables.
La culpa es de los que creyeron
que era gratis asfixiar al pueblo
y engañarle en vez de gobernarle.
Ahí los tienes, padre, haciendo historia,
por los que como tú la escribieron antes,
y por todos esos que aún no escriben
pero quieren heredar la calle.
Una calle libre.